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Orar como un Hombre Nuevo - De la Idolatría a la Adoración

El punto principal de esta enseñanza es que debemos orar y orar correctamente. Tenemos el privilegio de orar, la oración es análoga a la respiración en los seres humanos. Debemos respirar para vivir y nuestra actitud debe ser la misma hacia la oración. La oración es la forma en que comunicamos nuestros deseos, necesidades y actitud de agradecimiento a nuestro Padre celestial, es nuestro acto espiritual de respirar.


Mucha gente rehúye la idea de la oración y la intimidad con el Señor, pero no debe ser así. A menudo oramos sin ser conscientes de ello. Preocuparse, inquietarse o quejarse son, en esencia, formas de orar por nosotros mismos, lo cual es una forma de idolatría. Nuestra preocupación y queja son una oración dirigida en la dirección opuesta a la que deberíamos enfocarnuestra atención. Debemos cambiar nuestra actitud con la intención deliberada de recoger nuestros pensamientos y palabras y dirigirlos hacia fuera, hacia el Señor en la oración, en lugar de hacia dentro, hacia nuestro propio yo.


Una exhortación reiterada de Pablo, Santiago, Judas y Pedro es que veamos nuestra vida de oración como un sustituto de todas las quejas, preocupaciones y desasosiegos que normalmente nos permitimos. Es frecuente el mandato de que nos despojemos del hombre viejo y nos vistamos del hombre nuevo. Dentro del nuevo hombre no hay lugar para el enfoque interno de estos actos indulgentes. Más bien, el nuevo hombre debe desarrollar la acción externa de volver sus pensamientos y sentimientos internos hacia el Señor en oración. Del mismo modo que las malas palabras deben ser sustituidas por las buenas, las malas oraciones deben ser sustituidas por buenas.


En cuanto al sentido práctico del acto de la oración, algunas personas caminan cuando oran, otras se arrodillan, mientras que otras optan por sentarse. Algunos ejercitan la oración en sus carros, en las pausas para comer, mientras lavan los platos, pasean o en un armario. Sea cual sea el método elegido, la oración debe ser intencionada y constante y debemos empezar. Debemos fijarnos la meta de simplemente hacerlo.


La próxima vez que se encuentre a sí mismo preocupándose, inquietándose o quejándose; en esencia, haciendo un ídolo de su propio yo, no ignore la convicción que el Espíritu del Señor ha traído, sino más bien aparte su corazón de su propio yo y diríjase al Señor en oración. Es nuestro privilegio, como hijos e hijas, acudir a Cristo en oración en todas las cosas. Que a través del humilde acto de la oración, compruebe que Él es su provisión en todas las cosas y en todo momento, independientemente de las circunstancias.


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